Es curioso ver cómo la fisionomía completa y las
muchedumbres de personas en Santiago cambian considerablemente cuando llueve.
Hoy es la primera lluvia del 2012 y tras un verano calurosísimo hemos sacado
nuestros mejores atuendos de la temporada para darle la bienvenida como
corresponde.
Tal vez no fueron los chubascos más potentes del último
tiempo, pero fueron unas gotas de lluvia que vinieron a refrescar, no sólo a la
ciudad, sino que también a todos los que habitamos en ella.
Durante el último tiempo he abierto mis ojos a muchas cosas.
Es bastante potente darse cuenta que con el poder de la información a uno le cambia la perspectiva de muchas
cosas, hasta la forma fisionómica de la ciudad y de todos sus elementos.
Recuerdos de antaño en muchos lugares, hoy se convierten en
sólo anécdotas. Lugares tan memorables para nuestra inmadura memoria, hoy son
simples edificios y parques carentes de emoción. A lo mejor me estoy poniendo
viejo, pero las cosas ya no resultan tan simplistas y entusiastas como hace un
par de años. Uff creo que esta lluvia no sólo ha sido un hito por ser la
primera del año, sino que se ha convertido en un momento perfecto de reflexión
sobre lo que se me presenta en mi cotidianidad.
No quiero escribir cosas lateras y aburrir a los lectores
con dramones “shuper” depresivos de un perfecto día de invierno, sino que me
gustaría aprovechar la instancia para invitarlos a darse cuenta de cómo cambia
la ciudad con nuestros estados anímicos.
Lugares alegres se convierten en patéticas realidades tras
unas gotas, grandes rascacielos hoy son un cacho por su omnipotencia tapada por
las nubes y por supuesto el metro ya no lo “llevo bajo la piel”, sino que es un
vagón carente de todo entusiasmo y la instancia perfecta para aprovechar su
viaje y ponerme a pensar tonteras.
En todo caso, al final, en lo único en lo que puedo estar tranquilo es que siempre después de la tormenta sale el sol.
